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Cuántica Biológica . Galería De Biografías
C. C. B. |
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JEAN BAPTISTE DE LAMARCK
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Jean Baptiste de Lamarck nació en 1744 en Bazetin-le-Petit. Muy joven ingresó en el ejército. Por su valor en combate ascendió rápidamente a oficial. En 1768 debido a una herida en el cuello tuvo que abandonar la carrera de las armas. Le quedó una pequeña pensión para vivir, y dada su posición de caballero decidió estudiar medicina, profesión que nunca llego a practicar.
En aquellos años la botánica estaba muy ligada a la medicina, y era una afición muy popular entre la nobleza que cultivaba en sus propiedades gran variedad de especies de flores y plantas traídas del extranjero, esto hizo que Lamarck se dedicara a la botánica, pero con un espíritu científico. No tardó en escribir un gran libro titulado "Flora de Francia" que le publicó el naturalista Georges Louis Buffon, en el que comenzó a aplicar claves dicotómicas en la clasificación de las especies.
Gracias al prestigio obtenido con su libro y a la amistad con Buffon le eligieron miembro de la Academia Francesa de Ciencias, obteniendo un puesto en el museo de Historia Natural. En 1793, motivado por una reorganización del museo, pasó a ser profesor del área de insectos y gusanos, departamento que luego él renombraría como de zoología de invertebrados.
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Lamarck fue el primero en utilizar el término de biología para referirse a las ciencias de la vida y el que acuñó la palabra invertebrados. Sobre este nuevo campo escribió un importante libro en siete tomos "Historia natural de los animales invertebrados" (1815-1822) muy avanzado para su época.
Escribió sobre muy diversos temas como: meteorología, química e hidrología, pero por lo que es más conocido es por su teoría de la evolución, que expuso en el libro "Filosofía Zoológica" (1809). Según Lamarck, los órganos se adquieren o se pierden como consecuencia del uso o desuso, y los caracteres adquiridos por un ser vivo son heredados por sus descendientes. De está manera un herbívoro que estire el cuello para alcanzar las ramas altas, logrará que este se alargue, y tras varias generaciones de transmitir esta característica a sus descendientes tendríamos una jirafa.
Para Lamarck el principio que rige la evolución, es la necesidad o el deseo, que él denominó "Besoin", también se conoce su teoría como "herencia de los caracteres adquiridos" o Lamarkismo.
Lamarck murió solo, ciego y empobrecido a los 85 años en 1829.
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EVOLUCIONISMO
La idea de que los seres vivos evolucionan proporcionó el marco conceptual que permitió entender el sentido de los nuevos conocimientos y explicaciones de geólogos y naturalistas, aunque los científicos del siglo XVIII no se mostraron demasiado inclinados por aceptarla. Entre los que la consideraron favorablemente se contaron Erasmus Darwin, abuelo de Charles, y Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon.
El más importante de los evolucionistas anteriores a Darwin fue el francés Jean-Baptiste de Monet, caballero de Lamarck, quien había estudiado medicina y botánica y, en 1793, ya renombrado taxónomo, fue designado profesor de zoología en el Jardin de Plantes de París.
Lamarck había advertido una clara relación entre los fósiles y los organismos modernos. A partir de estas observaciones dedujo que los fósiles más recientes estaban emparentados con los organismos modernos. Esbozó una teoría de la evolución biológica que se puede sintetizar como sigue:
Los individuos cambian físicamente durante su vida para adaptarse al medio que habitan.
Los organismos adquieren caracteres que no tenían sus progenitores. Estos cambios o caracteres adquiridos se deben al uso o desuso de sus órganos.
Los caracteres adquiridos se transmiten por herencia biológica a sus descendientes.
La sucesión de cambios adaptativos muestra una tendencia hacia complejidad y la perfección.
La teoría de Lamarck fue criticada con vehemencia por la comunidad científica de su época, principalmente por Cuvier, quien, además de ser un científico de renombre, ocupó el cargo de Inspector General de Educación en Francia. Este y sus contemporáneos insistían en que las especies habían sido creadas de manera independiente y que eran inmutables. Para probarlo, hicieron varios experimentos. Uno de ellos consistió en amputar la cola a ratones, que, aún después de veinte generaciones de haber sido sometidos a tal cambio, producían descendencia con cola.
En otras palabras, mostraron que los caracteres adquiridos por interacción con el medio (como la pérdida de cola) no se transmitían por herencia biológica. |
La Filosofía Zoológica, obra fundamental de Lamarck reúne los conceptos centrales de su pensamiento evolucionista, expresado a través de la idea de la transformación de los corps vivants de forma gradual y continua. Es tos conceptos fueron muy novedosos en aquella época y se oponían frontalmente a las ideas fijistas del momento. El fijismo declaraba que las especies, las formas vivientes de la naturaleza eran inmutables y que los restos de animales fósiles sólo permitían pensar en la desaparición de esas formas y su reemplazo por otras nuevas a través de la obra divina.
El padre de la Ecología, Ernesto Haeckel da una semblanza de la obra de Lamarck en la su libro Historia de la creación (1884). Este texto fue luego incluido en la introducción de la filosofía zoológica en su primera traducción al castellano en 1910:
"El jefe de la filosofía de la naturaleza, en Francia, es Jean Lamarck, quien, en la historia de la doctrina genealógica, figura en primera línea al lado de Goethe y Darwin. A él le corresponde la inperecedera gloria de haber sido el primero en elevar la teoría de la descendencia al rango de una teoría científica independiente y de haber hecho de la filosofía de la naturaleza, la base sólida de la biología entera.
Aunque Lamarck nació en 1744, no comenzó a publicar su teoría hasta los comienzos de este siglo, en 1801, y no la expuso en detalle hasta 1809, en su clásica Filosofía Zoológica. Esta obra admirable constituye la primera exposición razonada y estrictamente llevada hasta sus últimas consecuencias, de la doctrina genealógica.
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Considerando en ella la naturaleza orgánica de un modo puramente mecánico, y estableciendo de una manera rigurosamente filosófica la necesidad de este punto de vista, el trabajo de Lamarck domina las ideas dualistas en vigor en esos tiempos, y, hasta Darwin que aparece medio siglo después, no encontramos otro libro que pueda, en este sentido, colocarse al lado de la Filosofía Zoológica".
Las leyes del uso y el desuso
Para Lamarck los cambios en las formas vivas se producen primeramente a partir del comportamiento, en sus términos; del hábito, las acciones. Esos cambios comportamentales generan paulatinamente cambios en la forma de un organismo, por lo tanto, los procesos son indirectos y actúan primeramente sobre la función y luego se reflejan en la forma. Para Lamarck la función hace a la forma y no al revés:
"Los naturalistas habiendo notado que las formas de las partes de animales, comparadas a los usos de esas partes, están en perfecta relación, pensaron que las formas y el estado de las partes habían inducido el empleo: ahora bien, este es el error, porque es fácil demostrar por la observación que son, por el contrario, las necesidades y los usos de las partes las que desarrollan esas mismas partes, que las han hecho surgir cuando no existían, y que, consecuentemente, han dado lugar al estado en que las observamos en cada animal".
En este contexto, donde la función hace al uso, Lamarck enuncia sus leyes el uso y el desuso. Es a partir de la interpretación (necesariamente siempre actual) de la segunda ley que se le atribuye a este sabio de las ciencias naturales la heredabilidad de los caracteres adquiridos, como veremos:
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Primera ley
En todo animal que no ha pasado el término de sus desarrollo, el empleo más frecuente y sostenido de un órgano cualquiera, fortifica poco a poco a ese órgano, lo desarrolla, lo agranda y le da una potencia proporcionada a la duración de su empleo: mientras que el defecto constante del uso de tal órgano, lo debilita insensiblemente, lo deteriora, disminuye progresivamente sus facultades, y hasta lo hace desaparecer."
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"Segunda ley
Todo lo que la naturaleza ha hecho adquirir o perder a los individuos por la influencia de las circunstancias en que su raza se ha encontrado expuesta durante largo tiempo, y por consecuencia, por la influencia del empleo predominante de tal órgano, o por el defecto constante en el uso de tal parte, ella lo conserva por la generación en los nuevos individuos que de ella provienen, con tal que los cambios adquiridos sean comunes a los dos sexo, o a quienes han producido esos nuevos individuos". En el capítulo VII de la Filosofía Zoológica se puede leer: "De l'influence des circonstances sur les actions et les habitudes des animaux et de celle des actions et des habitudes de ces corps vivants, comme causes qui modifient leur organisation et leur parties" (Lamarck 1873 I:220).
Las circunstancias de Lamarck no sólo referían a lo que actualmente se denominan parámetros ambientales en Ecología, sino que incluían a su vez el modo de comportarse y conservarse de los propios organismos: "Les principales naissent de l'influence des climats, de célle des diverses temperátures de l'atmosfére et de tous les milieux environnant, de celle de la diversité del lieux et de leur situacion, de celle des habitudes, des mouvements les plus ordinaires, des actions les plus frécuentes, enfin, de celle des moyens de se conserver, de la maniére de vivre, de sa défendre, de se multiplier, etc." (Lamarck, 1873 I:238).
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"las principales surgen de la influencia de los climas, de éstos las diversas temperaturas de la atmósfera y de todos los medios circundantes, de estos la diversidad de lugares y situaciones, los hábitos, los movimientos más comunes, las acciones mas frecuentes, finalmente los modos de conservarse, la manera de vivir, de defenderse, de multiplicarse, etc."
Espero que esta breve refrencia a una de la cosas por las que más se conoce a este gran naturalista francés, y que no le hace ninguna justicia, sirva para que aquellos que se ocupan de las ciencias naturales revisen la fuentes del pensamiento evolucionista, el cual se encuentra repleto de vacios conceptuales y debe ser enriquecido con la relectura de los grandes sabios que, como Lamarck, le dieron origen y estado de teoría.
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Jean Baptiste de Lamarck fue un naturalista francés que desarrolló la primera teoría evolutiva coherente basada, entre otros, en la "herencia de los caracteres adquiridos", aquello de que si la jirafa se estiraba para ramonear las hojas altas de los árboles acabaría estirando su cuello, adquiriendo así un nuevo carácter que heredarían sus descendientes, dando lugar a la evolución de la especie.
Esto, así explicado, fue, y aun sigue siendo, objeto casi de burla en los círculos académicos (pues un carácter "adquirido" por causas ambientales, no queda "grabado" en los genes y no puede transmitirse a la descendencia), pero resulta que la cosa tenía su miga.
Pues he aquí que, en la nueva era de la genómica y la proteómica, vuelve el lamarckismo (que nunca fue erradicado del todo), y ya en 1993, científicos como John Rennie o E. Landman, hablaban en las revistas de mayor prestigio ("Investigación y Ciencia" números 200 y 202) de ejemplos de cambios heredables inducidos por el ambiente; de elementos genéticos móviles (como los, ahora populares, transposones o plásmidos) o de "mutaciones dirigidas" producidas por el estrés del entorno. Éste último declaraba que "pese a la abundante documentación de pruebas a favor de la herencia de los caracteres adquiridos, no he encontrado una sola alusión a su existencia en la revisión de una treintena de manuales de genética contemporáneos". Es decir, que los biólogos moleculares miraban, y siguen mirando, para otro lado.
Pero resulta que en 1995, Máximo Sandín, de la Universidad Autónoma, publicaba un libro íntegramente lamarckista, basado en la función de los transposones, los virus, los profagos y demás "genes adquiridos", así como en la llamada "integración de sistemas genéticos complejos" (incluyendo la endosimbiosis), que pueden dar lugar, no solo a herencia lamarckiana, sino también a macromutación y saltacionismo.
Nosotros mismos apoyamos el lamarckismo en un libro publicado en 1999 y ahora para más inri aparecen cada vez más artículos en Science, Nature, Cell, etc., que muestran mecanismos moleculares desconocidos, cada vez más complejos, muy próximos al lamarckismo puro y duro, tales como determinados eventos del "mundo RNA" o las "proteinas chaperonas". Los primeros, por ejemplo, dan vía libre, entre otros, al proceso ya insinuado por el equipo de John Cairns (que ya empezó a hablar de las mutaciones dirigidas por ciertos estímulos, en 1988): 1) producción de varias copias diferentes de mRNA por un mismo gen bajo estrés; 2) producción de proteinas diferentes; 3) copia inversa al genoma (por la transcriptasa inversa) del mRNA que produzca la proteina más adecuada (ver Nature Genetics, vol 21, mar/99).
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Lo grave de todo ésto es que el conocido flujo: cambio genético adaptación al ambiente, puede invertirse por: cambio ambiental, cambio genético, "reintroduciendo el lamarckismo en biología" como dice José-Leonel Torres en su obra "En el nombre de Darwin", lo que equivale a destronar al darwinismo.
Y para rematar, lo del famoso genoma -que traerá cola en evolucionismo- nos declara que gran parte de nuestros genes son genes móviles o saltarines y codifican la transcriptasa inversa (como el el retrovirus del SIDA) pudiendo insertarse donde les da la gana.
En una palabra, estamos hechos de aglomerados de bacterias, virus y otros elementos de ADN que se han ido "adquiriendo" poco a poco.
¿Qué queda del darwinismo -y casi, casi de la herencia mendeliana- en todo ésto?. Mucho, por supuesto, dirán algunos. Pero es que se está imponiendo el que la evolución tiene lugar, principalmente, no en épocas de calma chicha, como la actual, sino en epocas de grandes cambios ambientales y climáticos en nada parecidas a las épocas de "estasis", con el resultado de que la evolución puede tener mucho de darwinismo, por supuesto, pero también bastante (o más) de lamarckismo, de saltacionismo, de direccionalismo o de neutralismo, entre otros mecanismos no darwinianos. |
En efecto, una serie de estudios recientes encuentra que las condiciones ambientales, como el hambre y la desnutrición durante el embarazo o la infancia, generan cambios en el organismo que pueden ser heredados.
Esto cuestiona el modelo clásico darwinista, según el cuál los caracteres heredables son sólo aquellos que se hallen impresos en los genes desde el nacimiento. “El dogma de la era genética atraviesa una silenciosa revolución”, resumió en el último número de los “Archivos Argentinos de Pediatría” la genetista Patricia Kaminker, del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, de Buenos Aires. Una vuelta de tuerca inesperada.
Sorpresa. Uno de los estudios más significativos fue publicado un año atrás por Marcus Pembrey —genetista inglés de la Universidad de Londres— y Lars Olov Bygren, de la Universidad de Humea, en Suecia.
Los investigadores observaron que los hijos de hombres que habían comenzado a fumar o pasado hambre a los 9 años de edad, tenían una masa corporal distinta de lo normal.
Analizaron, entonces, datos generacionales de más de 300 habitantes del pueblo de Överkalix, al norte de Suecia, remontándose hasta el año 1890. Compararon el desarrollo corporal y la longevidad de las sucesivas generaciones con datos referentes al tabaquismo o la falta de alimento de padres y abuelos durante la infancia. Así descubrieron que los períodos de hambruna entre los 9 y los 12 años de edad habían afectado el desarrollo de los hijos e, incluso, de los nietos.
En el 2002, el mismo grupo de investigadores suecos, esta vez liderado sólo por Olov Bygren, había encontrado una asociación entre la alimentación de niños varones preadolescentes, y la incidencia de diabetes y alteraciones cardiovasculares en sus hijos y nietos. Lo sorprendente de estos dos estudios es que la nutrición deficiente durante la infancia de los abuelos afectó sólo a los descendientes varones, pero no a las hijas o nietas.
Para Robert Winston, profesor emérito de estudios de fertilidad del Imperial College de Londres, Gran Bretaña, los resultados de estos estudios tienen una connotación profunda, ya que implican reconsiderar la teoría de la herencia de caracteres adquiridos de Lamarck.
La teoría actual dice que la evolución tiene lugar cuando una nueva versión de un gen, que surge por una mutación, aumenta su frecuencia y se extiende a la especie gracias a la selección natural. Así, según explica Pembrey: “Las diferencias heredadas entre individuos se encuentran tradicionalmente vinculadas a variaciones en las secuencias de ADN transmitidas por los padres”.
Pero los nuevos trabajos proponen que el ambiente no alteraría el ADN, sino la forma en que este se expresa. Tal variación sería transmitida a los hijos y nietos.
Los científicos no conocen todavía cuál es el mecanismo biológico que provoca este fenómeno “transgeneracional” de herencia. Emma Whitelaw, investigadora del Instituto de Investigaciones Médicas de Queensland, Australia, sospecha de mecanismos en la célula, conocidos como “epigenéticos”, por los cuales la expresión de los genes puede ser modificada aunque no haya una mutación.
El concepto de epigenética no es nuevo: fue propuesto en 1942 por el biólogo y genetista escocés Conrad Hal Waddington. Desde entonces, su estudio ha contribuido significativamente a la comprensión del origen de algunas enfermedades. Carlos Pirola, investigador principal del Conicet en el Instituto Lanari de la UBA, explica que los mecanismos epigenéticos pueden intervenir en el encendido o apagado de genes precursores del cáncer.
Las fallas epigenéticas también pueden dar origen a malformaciones o enfermedades hereditarias, como los síndromes de Angelman y Prader-Willi (ver recuadro). Pero los estudios recientes sugieren que los factores epigenéticos pueden jugar un rol más extendido.
El punto central es si se pueden heredar las modificaciones epigenéticas y pasar de generación en generación, y de qué manera. La teoría clásica descartaría de plano esa posibilidad: cuando se unen el óvulo y el espermatozoide, se produce un proceso de reprogramación que borra las “señales” o “marcas” epigenéticas del padre y la madre, se recombina el ADN de ambos y se establecen nuevas señales en el óvulo fecundado. Un borrón y cuenta nueva. |
Sin embargo, la idea se halla ahora en revisión, lo que aviva las aspiraciones reivindicativas de Lamarck. En su comprimido laboratorio del Instituto Lanari, repleto de tubos, computadoras, aparatos extraños y libros, Pirola destaca que los nuevos estudios demuestran que la transmisión “transgeneracional” sería posible.
Y trae a la memoria el caso de la oveja Dolly, que sufrió envejecimiento prematuro. Una de las hipótesis es que durante la clonación de la oveja habría fallado el mecanismo de borrado de las señales en el momento de la concepción, por lo que se habrían transmitido a la progenie mensajes que no estaban escritos en el ADN de la madre.
Los niños de Holanda. A finales de la Segunda Guerra Mundial, más de 20.000 personas se murieron de hambre en los Países Bajos. Soportando el duro invierno y un embargo de alimentos, un grupo de mujeres holandesas embarazadas dio a luz una generación de bebés de tamaño relativamente pequeño, más propensos a desarrollar diabetes, obesidad o enfermedades cardiovasculares. Con sorpresa, cuando estos niños crecieron y tuvieron sus propios hijos, estos también contaban con un tamaño reducido, lo que implicaba que el efecto del hambre en las madres holandesas se había perpetuado hasta afectar a sus nietos.
Este fenómeno de herencia, que parecería ir a contramano de la teoría de la evolución, se explica por un mecanismo epigenético. Pero ¿cuál es la huella molecular, por fuera del ADN, que dejó la hambruna de las holandesas en su descendencia?
Estudios con ratonas y ratas preñadas han mostrado que los cambios en la alimentación son capaces de alterar al menos uno de los marcadores epigenéticos, la “metilación” del ADN, que resulta ser una modificación reversible que permite que se activen o se desactiven determinados genes. Esto, a su vez, afecta los atributos físicos de las crías, como el color.
Eric Richards, profesor de biología en la Universidad de Washington, Estados Unidos, aclara que “esto no demuestra la herencia transgeneracional de los cambios epigenéticos, sino que los factores ambientales —como la nutrición— pueden afectar a la forma en que se expresa el ADN”. Richards reconoce que estas teorías provocan una reacción negativa entre sus pares, pero esgrime que “lo verdaderamente herético sería decir que el medio ambiente puede modificar la información epigenética de manera que resulte beneficiosa para el individuo”. Y afirma que esa variación epigenética extrema le hace “erizar los pelos”, porque podría impulsar estrategias de “mejoramiento de la especie”.
Cautela. Olov Bygren prefiere mostrarse cauto. En una carta publicada en julio del 2006 en la revista “European Journal of Human Genetics”, el especialista sueco enfatizó: “No postulamos que las respuestas transgeneracionales están mediadas por mecanismos epigenéticos (donde las secuencias de ADN no se ven afectadas), sino que estos mecanismos son una buena explicación”. Pirola también reconoce que muchos de dichos estudios se basan en datos epidemiológicos y registros históricos, por lo que pueden encontrarse sujetos a error.
Pero ¿puede ser que Lamarck no haya estado tan equivocado, que el medio ambiente pueda afectar la expresión de genes e influir en la evolución? Pirola se reclina sobre su silla, entrelaza los dedos detrás de la nuca y mira el cielorraso. “Es una pregunta filosófica —dice—. Yo creo que es posible que los mecanismos epigenéticos que actúan en el encendido y apagado de genes, luego actúen sobre grupos de genes determinados y den como resultado una característica nueva, que sea evolutivamente más favorable —especula—. En este sentido, sí, es posible
Ay, pobre Darwin! El 2009 debería ser su año, debido a que libros, museos y cónclaves de eruditos celebran el 200 aniversario de su natalicio (12 de febrero) y el 150 aniversario de “El origen de las especies” (24 de noviembre), un libro que cambió para siempre nuestra percepción de la Humanidad y la Creación. Apoyada en la genética, la explicación darwiniana sobre el cambio de las especies a lo largo del tiempo se convirtió en el fundamento de la biología. Es por eso que la pulga de agua se convirtió en aguafiestas. ¿La razón? Mientras que unas llevan una especie de casco espinoso que ahuyenta a los depredadores, otras, con secuencias de ADN idénticas, tienen la cabeza descubierta. Y la diferencia no estriba en los genes, sino en las experiencias de sus madres. Si su mamá se topó antes con algún depredador, sus bebés tendrán cascos. Pero si la vida de la madre transcurrió sin amenazas, las crías no lucen cascos. Igual ADN, diferentes rasgos. De alguna forma, la experiencia de la madre, más que la secuencia de ADN, determina los rasgos de la descendencia.
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Esta situación provocó gran ansiedad entre los darwinianos estrictos, porque recuerda a la desacreditada teoría de Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829), el naturalista francés que afirmaba que las jirafas tenían cuellos largos porque sus padres tuvieron que estirar sus cuellos (más cortos) para alcanzar las hojas más altas de los árboles. Por ello, insistía Lamarck, las crías heredaron un rasgo que adquirieron los padres.
Debido al éxito de la teoría darwiniana de variación aleatoria y selección natural, Lamarck fue relegado al olvido histórico. Pero recientes descubrimientos de lo que parecen ser rasgos hereditarios adquiridos por los progenitores (tanto animales de laboratorio como personas) están obligando a los biólogos a reconsiderar la postura del desdichado francés.
Por supuesto, el problema empezó con los ratones de laboratorio. Desde 1999, los científicos de diversas instituciones de investigación demostraron que la experiencia en una hembra gestante puede dejar impronta física en el ADN de sus óvulos. Atención: no se trata de una mutación, sino de la simple transmisión de un rasgo físico a las crías. Por ejemplo, si la madre ratón consume una dieta rica en B12, ácido fólico o genisteína (sustancia que contiene la soja), sus crías serán esbeltas, saludables y pardas, aun cuando tengan un gen que les vuelva obesas, amarillas y con riesgo de desarrollar diabetes y cáncer. Esta fue la primera prueba, ahora confirmada en múltiples ocasiones, de que una experiencia materna (lo que come) puede influir en el ADN de sus óvulos y alterar los genes que heredan sus crías. “En el caso de la dieta, la experiencia del progenitor puede dejar una memoria molecular”, explica la australiana Emma Whitelaw, del Instituto Queensland de Investigaciones Médicas. “Esto se compagina con la teoría de Lamarck, porque se trata de la herencia de un rasgo que adquirieron los padres. Incluso hay pruebas de que la dieta de un ratón gestante no sólo afecta el color del pelaje de sus crías, sino también el de las generaciones posteriores”.
La herencia de un marcador genético no tiene que ser, necesariamente, tan impresionante como el cuello alargado de las jirafas, y el nuevo “lamarckismo” no postula que las madres humanas que hacen ejercicio transmitirán a su descendencia una musculatura abdominal imponente, o que los padres que se tiñen el pelo de rojo tendrán hijos pelirrojos.
No obstante, las pruebas preliminares apuntan a que el lamarckismo también actúa en las personas. En 2005, científicos londinenses estudiaron hombres de una pequeña población en Suecia y descubrieron que los nietos de varones que tuvieron abundante alimento en la infancia resultaban ser más propensos a desarrollar diabetes y morir a edad temprana que los nietos de varones que pasaron hambre cuando niños. De confirmarse el hallazgo, destaca Whitelaw, “apuntaría a un cambio paradigmático en nuestra percepción de la herencia” de rasgos.
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Este método paralelo de la herencia —en que algo experimentado por el progenitor altera el ADN transmitido a la descendencia— sugiere que la evolución podría ser mucho más rápida de lo que afirma el modelo de Darwin. “La evolución darwiniana es muy lenta”, insiste Whitelaw, pero si los hijos pueden heredar un ADN que lleve la marca física de las experiencias de sus progenitores, es posible que las nuevas generaciones estén mejor adaptadas al mundo en el que nacerán, todo en una sola generación.
Las pulgas de agua desarrollan inmediatamente sus cascos cuando sus madres vivieron en un mundo de depredadores. Según la visión darwiniana, una población de pulgas con casco tardaría en surgir varias generaciones sometidas a la variación aleatoria y la selección natural. Sin embargo, el nuevo lamarckismo promete “revelar la forma en que el ambiente afecta el genoma para determinar los rasgos finales del individuo”, señala Whitelaw.
Es evidente que algunos de estos estudios no van a pasar la prueba, como suele ocurrir en todo campo científico revolucionario. Además, hay una firme resistencia contra lo que muchos denominan “el renacimiento de la herejía”: un científico calificó cierto artículo sobre el tema como “un equívoco intento de humor científico”. No obstante, las pruebas del nuevo lamarckismo son lo bastante sólidas para afirmar que nadie tiene la última palabra sobre la herencia y la evolución.
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